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ARTE URBANO

Durante la realización de un mural de la Selección Argentina, se produjo un registro fotográfico del proceso que documenta el trabajo artístico en contexto y la importancia de visibilizar esas instancias.
En el trabajo de Pablo Ruarte, el arte urbano aparece como una pausa dentro del ritmo de la ciudad, una imagen que se ofrece al tránsito cotidiano sin imponer un mensaje cerrado. Desde Buenos Aires, Argentina, este muralista de 43 años construye obras marcadas por el realismo, la naturaleza y los rostros cercanos.
En los muros de Pablo Ruarte aparecen plantas, animales y personas que, según explica, buscan representar un paisaje cercano. En sus obras hay una presencia clara de la identidad latinoamericana, visible tanto en los rasgos humanos como en la elección de especies nativas del territorio.
Cada trabajo comienza mucho antes de tocar la pared. Para el artista, el formato del muro, el barrio, la circulación de personas y las condiciones materiales influyen en la idea inicial. Bocetos digitales o dibujos rápidos le permiten ordenar esa información hasta que la imagen encuentra su forma definitiva en el espacio público.
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Pintar en el espacio público implica, para Ruarte, aceptar que la obra deja de pertenecer exclusivamente al artista. El mural se expone a la mirada masiva, al comentario espontáneo y al encuentro cotidiano. “Un mural puede cambiar el entorno”, afirmó.
La elección de los muros responde, según cuenta, a distintos criterios. En trabajos institucionales, el lugar ya está definido. En obras personales, la visibilidad y la accesibilidad son claves, tanto para el impacto visual como para el proceso de trabajo.
Identidad y entorno.
La técnica de Pablo Ruarte se apoya en pintura acrílica y esmalte al agua, aplicados principalmente con pincel. Con el paso del tiempo, su estilo fue afinándose hacia un realismo cada vez más preciso, sin abandonar la figuración como eje central del arte urbano.
El muralismo también es, en su experiencia, un trabajo físico. La escala de los muros, el clima, las escaleras y los tiempos de ejecución exigen atención y energía constantes. Una vez finalizada, la obra queda librada al paso del tiempo y acepta la efimeridad propia del muralismo urbano.
El dibujo fue una constante desde la infancia. Antes de pensar en murales, había cuadernos, lápices y tiempo. La formación académica llegó después, con un profesorado en artes visuales que amplió su mirada sobre la pintura, la escultura y la historia del arte. “Ahí me di cuenta que el arte era lo que quería seguir haciendo”, recordó.
Durante años, la pintura de caballete fue su territorio. El pasaje al arte urbano no fue inmediato ni abrupto. Comenzó con stencil y derivó en el mural cuando, según relata, la escala y la complejidad de la imagen empezaron a pedir más espacio. La expansión del arte urbano en Buenos Aires durante la década de 2010 fue, para él, un impulso creativo.
Desde su mirada, el arte urbano en Latinoamérica creció de manera sostenida en las últimas décadas, lo que permitió que las culturas locales se proyectaran en otros territorios y continentes. El mural funciona, según sostiene, como un lenguaje común que conecta escenas y contextos distintos.
Las redes sociales cumplen hoy, en su opinión, un rol clave en la difusión del arte urbano contemporáneo, ya que amplían el alcance de las obras y generan nuevas oportunidades para los artistas.
A quienes desean comenzar en el arte urbano, Pablo Ruarte les recomienda animarse a salir a pintar, formarse técnicamente y construir un lenguaje propio. “Mientras más conocimientos técnicos tengan, más recursos tendrán al momento de pintar”, concluyó.
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