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ARTE URBANO

Entre el vértigo y la anarquía: el artista colombiano interviene el espacio público con obras que buscan incomodar antes que decorar.
Con 11 años de trayectoria y una formación forjada en la práctica empírica, Kozte es una voz potente dentro del muralismo latinoamericano. Desde su base en Medellín, desarrolla una propuesta gráfica de retratos en alto contraste. Esta paleta saturada nace de una formación en medios digitales y funciona como una herramienta para rescatar comunidades e historias invisibles en la sociedad contemporánea.
Más allá de los pinceles y aerosoles, Kozte gestiona desde 2017 el Surreal Street Art Festival. Este evento reunió en su última edición a 12 artistas internacionales y posicionó a Medellín como un epicentro del arte urbano global. Actualmente, se encuentra en Brasil con el objetivo de expandir su red de trabajo internacional.
Al finalizar una obra, la prioridad de Kozte no recae inmediatamente en la ovación ajena sino en la perfección técnica. Su ojo se posa primero en los detalles que podrían mejorarse antes que en la reacción de la gente. "Para ser honesto soy muy autocrítico con mi trabajo y en lo primero que suelo fijarme son en esas partes donde pude haber mejorado algo", confiesa.
Sin embargo, el artista valora profundamente el impacto que genera su trabajo a la distancia. En su última intervención a 15 pisos de altura disfrutó al ver cómo los transeúntes detenían su marcha para observar. Para él la obra debe ser visualmente impactante para capturar al espectador pero el objetivo final es la transmisión de un mensaje. "Más allá de lo bello, cuando logras tener al espectador, lo que sigue es transmitirle un mensaje", aclara.
El plan de Kozte para rescatar lo invisible en ciudades saturadas.
En ciudades colmadas de publicidad y estímulos, Kozte sostiene que el arte urbano aún conserva su capacidad de sorpresa. No obstante, advierte que el impacto real requiere algo más que grandes muros, necesita educación. El artista compara la experiencia callejera con la de un museo donde la apreciación aumenta con el conocimiento. "Realmente se aprecia más la obra cuando le ayudamos a la gente a entender o conocer un poco más sobre la historia, proceso y concepto", reflexiona.
Sobre la temporalidad de sus mensajes, prefiere la maduración de las ideas antes que la inmediatez oportunista. "Prefiero no apresurar el mensaje por aprovechar un momento porque a veces las buenas ideas precisan de más tiempo para aflorar", afirma.
Esta filosofía de impacto consciente se hizo evidente en una de sus intervenciones recientes donde incluyó un detalle sutil en el cuerpo de una mujer trans. El elemento no ocupaba el centro de la escena pero bastó para desafiar las expectativas del público. "Es interesante cómo ese pequeño gesto puede generar incomodidad y tensión en las expectativas de la gente", observa Kozte. Y agrega: "Siento firmeza en que muchas veces un mural es más valioso cuando llega a incomodar en vez de solo decorar".
La estética de la provocación.
Los compromisos internacionales obligan al artista a recorrer el mundo de forma constante, pero Kozte mantiene un vínculo especial con la ciudad natal. A diferencia de Europa donde las normativas de paisajismo y la burocracia suelen frenar la espontaneidad del arte callejero, Latinoamérica se presenta como un territorio fértil. "Prefiero vivir en Medellín porque es una ciudad que abraza el arte urbano de una mejor forma y allá es más fácil pedir un muro", asegura.
Esta aceptación es el resultado de procesos históricos y sociales donde el grafiti jugó un rol protagónico tal como sucedió durante el estallido social de 2021 en Colombia. El muralismo posee una capacidad única para resignificar el espacio público y transformar barrios enteros como la Comuna 13 o Wynwood en Estados Unidos.
El universo anárquico de Kozte en las calles de Medellín.
El arte urbano se distingue de otras disciplinas como el tatuaje o el diseño gráfico por su carácter intrínsecamente social y altruista, según la visión de Kozte. Existe una red internacional de creadores que operan bajo una lógica casi anárquica frente a la superproducción capitalista al regalar su trabajo a la calle. "Pintar la calle ya tiene una implicación social muy grande porque estamos poniendo imágenes muchas veces de forma gratuita para el público en general", explica.
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Sin embargo, el espacio público tiene sus riesgos. Kozte recordó un incidente en 2016 cuando alguien modificó una de sus obras y se atribuyó la autoría en fotos. Aunque confrontó la situación y restauró el muro, entiende que la calle es un entorno vivo y cambiante. En Brasil nota un respeto mayor por los códigos y la duración de las obras mientras que en Colombia siente que esas reglas se desdibujan.
Pese a todo, acepta la naturaleza efímera de su profesión. Recientemente decidió ceder una pared que gestionó y pintó durante diez años a nuevos colegas. "No somos dueños de nada, nada dura para siempre y todo está en constante evolución", concluye.
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