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Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel

El muralista colombiano habló con Street Art Latam sobre sus inicios, su vínculo con el territorio y una forma de entender el arte urbano desde la sociología.

Portada de Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel (Instagram/Eskibel).
Autor

Mateo Modic

02/09/2026

14 min

José Monsalve Esquivel lleva más de una década vinculado al arte urbano y construyó en Medellín una trayectoria que comenzó en el graffiti y evolucionó hacia una propuesta cada vez más pictórica.

En diálogo con Street Art Latam, el artista colombiano repasó sus comienzos, las influencias que transformaron su manera de pintar y la importancia que tienen la historia, las comunidades y el espacio público en cada una de sus obras.

Para comenzar, ¿podrías presentarte brevemente y contar a qué te dedicas dentro del arte urbano?

Soy José Monsalve o Eskibel, muralista de la ciudad de Medellín, Colombia. Llevo más de 10 años pintando; sin embargo, en los últimos cuatro años he puesto un foco especial en el crecimiento y la consolidación de mi carrera artística.

Este momento coincide con un cambio estético hacia una propuesta mucho más pictórica, que se pregunta por la pintura de estudio, por el muralismo clásico y por el estudio teórico de las imágenes, en contraste con una primera etapa dedicada a pintar graffiti y motivos mucho más ligados al street art.

¿Cómo y cuándo empezaste a pintar en el espacio público? 

Empecé a pintar en el espacio público alrededor de 2007 o 2008. En ese momento, mi aproximación era principalmente a través de las firmas: tenía un tag con mi nombre que pintaba en distintos lugares de la ciudad, y fue así como comenzó mi relación con la calle como espacio de expresión.

En 2009 tuve la oportunidad de pintar mi primer mural, en un formato que para ese momento consideraba relativamente grande. Esa experiencia me conectó profundamente con la pintura en el espacio público y marcó un punto de inflexión en mi manera de relacionarme con la calle.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Obra de Eskibel en Santa Marta (Instagram/Eskibel).

A partir de entonces continué pintando de manera constante. Cada ocho días salía a pintar con compañeros y amigos con quienes, por aquel entonces, conformaba una crew. En la actualidad sigo pintando con ellos: Johan Salazar y Smop. Durante esa primera etapa exploré principalmente el lenguaje del graffiti. Además de las firmas y los tags, hacía piezas más ágiles, como throw-ups, blockers y letras menos estilizadas, que me permitían experimentar con diferentes formas de ocupar el espacio. También exploré la realización de ilustraciones y el stencil.

Con el paso del tiempo, mi interés fue desplazándose progresivamente de la letra hacia la imagen. Empecé a preguntarme por las posibilidades de la pintura en el espacio público, especialmente después de conocer la obra de Egon Schiele. Su manera de abordar el cuerpo con líneas sinuosas y de conformar un manierismo anatómico que no solo aparece en la representación del cuerpo humano, sino también en el cuerpo de los girasoles, árboles o casas, me conecta mucho con otra posibilidad de pensar la creación visual.

El desafío de proponer pinturas en el espacio público que logren emocionar, cuestionar o provocar reflexiones, a través de procesos participativos, de construcción colectiva con las comunidades y de exploración de los territorios, representa para mí un punto de encuentro entre dos grandes pasiones: por un lado, la sociología y, por el otro, la pintura mural.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Intervención de Eskibel en la ciudad de Medellín (Instagram/Eskibel).

¿Qué te llevó a elegir la calle como soporte principal y no otros formatos?

La calle ha sido para mí un soporte muy fuerte, visible y poderoso. Sin embargo, al menos en el inicio, no fue el único espacio en el que trabajé: también estaban las bitácoras, los lienzos y otros formatos. Con el tiempo, la calle se fue convirtiendo en uno de los soportes que considero más potentes, precisamente por su capacidad de capturar la atención y de establecer un contacto directo con las personas. De hecho, actualmente es el lugar donde más pinto, por encima de cualquier otro formato. 

Pero si pienso en cómo llegué a elegirla, siento que en realidad no hubo una decisión plenamente consciente. Fue algo que ocurrió de manera muy espontánea y que estuvo atravesado por diferentes influencias musicales, subculturales y políticas. De alguna manera, mi relación con la calle se fue construyendo casi de forma natural, especialmente porque empecé a pintar cuando tenía entre 14 y 15 años, una edad en la que muchas de esas influencias y formas de expresión tienen una presencia muy fuerte. 

¿Qué temas aparecen con mayor frecuencia en tus trabajos?

En el último tiempo, en mis trabajos aparecen principalmente tres elementos: la figura humana, la noche y las plantas.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
“El Jardín Thanatos”, mural de Eskibel (Instagram/Eskibel).

En la figura humana hay un énfasis particular en la piel, que trabajo a través de manchas y gestos de la pintura con una alta carga expresiva, en un sentido poético puedo decir que en mi pintura; cada mancha es una célula moustrosa que conforma todo de la piel.

Me interesa la piel no solamente como una superficie, sino como un órgano social con la capacidad de contar historias sobre la cultura, las ciudades y las vivencias personales.

La noche es otro elemento importante dentro de los símbolos que estoy trabajando actualmente. Hay una inspiración muy fuerte en la noche como símbolo de la pintura romántica, pero también en su conexión con el gótico tropical: la idea del misterio, de esa penumbra que no permite ver completamente aquello que se muestra y que, al mismo tiempo, genera una tensión entre lo visible y lo oculto. En ocasiones trabajo esta idea a través de contrastes y luces muy duras.

Y, por último, están las plantas. Vivo en una ciudad llena de jardines, plantas y reservas naturales, y creo que este es un elemento que se ha incorporado a mi pintura de manera más reciente. Me interesa especialmente la relación que puede establecerse entre la noche y la vegetación a través de ese imaginario del gótico tropical, que es un concepto que me interesa mucho explorar y seguir desarrollando. 

A partir de estos elementos también he empezado a imaginar otros mundos, tiempos y espacios que espero poder plasmar en mis próximos murales, después de haberlos estudiado y explorado un poco más en el taller.

¿Cómo encarás un mural desde la idea inicial hasta la ejecución final?

Cuando pienso en la producción de un mural, mi principal pregunta no es técnica, sino que está relacionada con el contexto: con la historia, los símbolos y los lugares que habitan ese espacio. Podríamos decir que es una pregunta más cercana a la sociología urbana que al arte en sí mismo.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Eskibel en plena producción artística (Instagram/Eskibel).

Esto se debe a que el núcleo de mi trabajo está en la curaduría de las imágenes. No siempre es un proceso que funciona de la misma manera; algunas veces aparecen símbolos muy poderosos que logran establecer una conexión profunda con el lugar y con las personas que lo habitan, mientras que en otras ocasiones las imágenes pueden pasar, no necesariamente desapercibidas, pero sí generar una conexión menos profunda. Esa búsqueda es, precisamente, una tarea permanente dentro de mi trabajo.

Por eso, más que preguntarme cómo abordar un mural en términos estrictamente técnicos —porque creo que existen muchas maneras de hacerlo y que no hay una fórmula específica—, mi principal interés está en pensar qué imagen puede ocupar un lugar determinado y por qué. Para ello, desarrollo previamente diferentes procesos de creación, investigación y exploración visual que me permiten aproximarme a esa decisión.

En ese sentido, para mí un mural comienza mucho antes de llegar a la pared: comienza en la lectura del territorio, en la investigación y en la curaduría de las imágenes que finalmente van a entrar en diálogo con ese espacio.

¿Qué factores del entorno influyen más al momento de pintar: el espacio, la gente o el contexto social?

Al momento de pintar, no diría que hay un factor que influya más que otro. Creo que todos tienen algún tipo de incidencia: el espacio, la gente, el contexto social y, además, otros elementos que a veces no son tan evidentes, como los factores ambientales y la manera en que estos pueden afectar el cuerpo y el rendimiento durante una pintura.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Trabajo de Eskibel en Medellín (Instagram/Eskibel).

Cuando estás lejos de casa, por ejemplo, hay condiciones que empiezan a cobrar importancia: el agua que bebes, la exposición al sol, estar a la intemperie o incluso la calidad del aire, especialmente cuando trabajas en ciudades donde estas condiciones pueden no ser las mejores. Son afectaciones sobre el cuerpo que he ido descubriendo a lo largo del proceso y que he aprendido a manejar desde una actitud más preventiva.

Pero no solo están los factores ambientales. También está lo anímico y, en particular, la dimensión simbólica y ritual que puede acompañar la pintura mural. En Latinoamérica, el muralismo está cargado de misticismo y, en muchos casos, se desarrolla en diálogo con comunidades indígenas y afro. Esto dota a la pintura de otros procesos que van más allá del gesto mismo de pintar y que pueden conectarse con los rituales, las creencias y las formas de entender el territorio de una comunidad.

Asimismo, hay una relación con la comunidad y con el territorio, o, más precisamente, con la manera en que se produce socialmente el espacio, que es una pregunta que me interesa mucho y que permanece en mi obra. Por eso, muchas de las imágenes que selecciono están decantadas a partir de una perspectiva histórica que me permite preguntarme por las imágenes que conectan con una revisión del pasado y son necesarias para el presente, porque inciden en la construcción de un futuro deseado.

En ese sentido, el entorno no es solamente el lugar físico donde se pinta. Es también el conjunto de relaciones, historias, cuerpos, condiciones ambientales, memorias y símbolos que hacen que un territorio sea lo que es. Y todo eso termina influyendo, de una u otra manera, en las imágenes que decido llevar a la pared.

¿Cómo eliges los lugares donde intervienes o cómo llegas a esas paredes?

También puede ocurrir que, llegados a este punto de mi trayectoria, no sea yo quien elija el lugar, sino que sean los lugares los que me elijan para llevar alguna de mis propuestas pictóricas. Esto sucede cuando una comunidad, una organización, un festival o una curaduría encuentra una resonancia entre el lugar y mi manera de trabajar, mis ideas o las imágenes que propongo.

En esos casos, las invitaciones pueden surgir con diferentes niveles de relación con el contexto. Algunas veces existe un vínculo muy fuerte con el territorio y la obra se construye directamente a partir de sus historias, sus características o las personas que lo habitan. En otras ocasiones, la invitación parte de un tema determinado que no necesariamente tiene una relación inicial tan estrecha con el lugar, pero que, durante el proceso, puede terminar generando conexiones con el contexto.

Entonces, existe también esa otra posibilidad: que no sea solamente el artista quien busque una pared, sino que sean los lugares, las comunidades o quienes gestionan esos espacios quienes encuentren en una propuesta artística algo que quieren llevar a su territorio. En ese sentido, más que escoger a la persona, muchas veces lo que se escoge es una propuesta, un lenguaje y una manera particular de relacionarse con las imágenes y con el espacio público.

¿Qué técnicas y materiales usas habitualmente para trabajar en la calle?

Dependiendo del lugar y del espacio en el que me encuentre, las técnicas y los materiales pueden variar. Regularmente trabajo con pintura acrílica y brochas para abordar los muros. Sin embargo, cuando tengo mayor control sobre el proceso y sobre los materiales, procuro elaborar mi propia pintura a partir de algunas fórmulas que he aprendido de maestros como Freddy Serna, pintor de Medellín que también ha desarrollado obras vinculadas a técnicas del muralismo.

Esta posibilidad de preparar mis propias pinturas me ha permitido experimentar con aspectos como la durabilidad, el brillo, la opacidad y la resistencia de determinados colores a la radiación solar. Para mí, esto evidencia el interés y la conexión que tengo con el muralismo tradicional, que plantea una preocupación por la conservación y la permanencia de la obra, más que por su carácter efímero.

Entre graffiti, sociología y muralismo: la mirada de Eskibel
Obra de Eskibel (Instagram/Eskibel).

Al mismo tiempo, este interés convive con muchas de las raíces que todavía me acompañan y que provienen del graffiti y el street art. Allí existen otras formas de abordar el espacio, en las que lo efímero también puede ser un valor y una posibilidad técnica. Por ejemplo, hay lugares donde el muro ya está cubierto de musgo, polvo, ruinas o diferentes formas de deterioro, y en esos contextos también es posible desarrollar técnicas que, desde el comienzo, sabemos que no van a permanecer durante mucho tiempo.

Me interesa esa tensión entre lo permanente y lo efímero: por un lado, la búsqueda de materiales y técnicas que permitan que una pintura permanezca y se conserve; y, por otro, la posibilidad de trabajar con el paso del tiempo y con las condiciones propias del espacio como parte de la obra.

¿Qué dificultades aparecen con más frecuencia al trabajar en el espacio público?

El factor más dilemático en mi práctica no proviene de la hostilidad que supone en sí mismo pintar en la calle —estando a la intemperie y expuesto en términos ambientales, salubres y de riesgo en alturas—. Más bien, ubico mi mayor desafío en la negociación que exige una intervención mural con múltiples actores: la gestión de permisos con propietarios, instituciones o vigías del patrimonio, patrocinadores, comunidades e instancias públicas.

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Eskibel durante el trabajo sobre una cancha de baloncesto en Medellín (Instagram/Eskibel).

Cada uno de ellos sostiene una visión propia sobre el arte urbano y una apuesta ideológica respecto a los símbolos del espacio público; posturas que regularmente entran en contradicción debido a la diversidad de intereses que puede tener cada actor. Estas interrelaciones en tensión pueden derivar en la instrumentalización del artista, donde termina por cumplir fines ajenos a los que se propone su propio statement.

Justamente por ello, en términos metodológicos, mi trabajo pone el acento en las interrelaciones humanas a partir de una pregunta central: ¿qué ha pasado en términos sociales para que yo esté pintando un mural aquí y ahora? Este interrogante me exige un mayor reconocimiento del entorno donde se ubicará la obra, una perspectiva histórica más amplia y la comprensión del sentido que tiene un territorio para provocar el nacimiento de un mural en sus paredes.

Ahora bien, esto no significa que exista un consenso absoluto entre las partes sobre la síntesis de imágenes que propongo después de los procesos de negociación, ni es algo que busque.

En ocasiones, los murales pueden abrir preguntas indeseadas, o recuerdos que por algunas capas sociales buscan olvidarse; Así que, más bien, lo que propongo es una forma de construir a partir del disenso, esta constituye una oportunidad para formar públicos del arte urbano, donde se permita establecer un procedimiento metodológico para llegar a un símbolo determinado amparado en proceso de investigación creación y participación.

En otras palabras, la autoridad curatorial sobre la obra no tendría por qué quedar en manos de personas ajenas al territorio, aun cuando sean estas quienes, en ocasiones, tomen las decisiones económicas o políticas.

Por último, una vez superado el proceso de mediación que implica la curaduría de las imágenes pictóricas, aparece otro factor que puede resultar agobiante: el tiempo. Por lo general, los costos de producción de un mural son elevados, por lo que acortar los cronogramas se ha vuelto una estrategia para optimizar recursos y convocar a una mayor cantidad de artistas. No obstante, esta dinámica compromete la calidad y afecta los procesos de comprensión de cada territorio, derivando en limitaciones técnicas que impiden llevar al límite las capacidades creativas.

Al mismo tiempo, puede inducir a la producción de imágenes cliché que se repiten bajo el argumento del «homenaje», «la memoria» o «la vida cotidiana», sin alcanzar una mayor profundidad conceptual y espacio-temporal. Pintar murales decorativos o sin profundidad no es intrínsecamente malo, pero se convierte en un obstáculo cuando reafirma la instrumentalización de los artistas y la mercantilización de los lugares, lo cual obstaculiza la libertad creativa.

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