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ARTE URBANO

Mural homenaje a Charly García, realizado por Alaniz y Luana Bouso como parte de una serie dedicada a referentes de la cultura argentina.
Desde hace más de 15 años, Emanuel Alaniz construye una obra que entiende el arte urbano como una forma de acción directa sobre la ciudad. Muralista argentino, viajero constante y defensor de la autogestión, desarrolla sus obras principalmente en el espacio público, donde el muralismo deja de ser objeto para convertirse en experiencia. En esta entrevista exclusiva para Street Art Latam, el artista repasó sus orígenes, influencias y la filosofía que sostiene su idea de muralismo salvaje.
El vínculo de Alaniz con el arte comenzó temprano. El dibujo fue una constante desde la infancia, pero su acercamiento más consciente llegó en la adolescencia, a partir de la lectura. La biblioteca local funcionó como primer territorio de exploración estética, antes incluso de pensar en la pintura mural. Con el tiempo, ese interés se amplió hacia otros lenguajes culturales que terminarían marcando su camino creativo. “La primera influencia fue la literatura, de niño leía mucho; después la música, sobre todo el rock, y esa posibilidad de transmitir un mensaje a través del arte”, recordó.
El descubrimiento del muralismo en Argentina, alrededor de 2008, fue decisivo. La posibilidad de conectar con un público amplio y diverso, fuera de los circuitos tradicionales del arte, transformó su manera de entender la práctica artística. Desde entonces, la calle se convirtió en su principal espacio de trabajo.
Lejos de trabajar desde la improvisación absoluta, desarrolla cada mural a partir de una lectura atenta del entorno. El formato del muro, su ubicación, el contexto social y cultural, e incluso la logística de realización, forman parte del proceso creativo desde el inicio. A partir de esos elementos, la idea se construye y se ajusta hasta materializarse en la pared.
En su obra aparecen con frecuencia contenidos que invitan a la reflexión. Algunas veces el eje es social o político; otras, más abierto y simbólico, pero siempre existe una intención detrás de la imagen.
La elección del muro responde, en primer lugar, a su escala y ubicación dentro de la ciudad. El impacto visual y la posibilidad de generar un diálogo con el espectador son centrales en esa decisión. El arte urbano, en su caso, busca interrumpir la rutina y activar una experiencia.
Para Alaniz, el espacio público es un soporte, pero principalmente una toma de posición. El muralismo representa la forma más desinteresada de creación pictórica, alejada de la lógica de mercado y de la circulación exclusiva en galerías. “El arte deja de ser objeto y se convierte en acción, en momento”, afirmó al reflexionar sobre el carácter revolucionario del muralismo frente a la mercantilización del arte.
Si bien reconoce la importancia del taller como lugar de experimentación y desarrollo técnico, y de la galería como espacio de exhibición y venta, es en la calle donde el arte establece un diálogo directo con la sociedad.
La identidad latinoamericana ocupa un lugar central. Aparece tanto en el uso del color como en una conciencia social que atraviesa la obra y la manera de leer el contexto.
Alaniz atravesó diferentes puntos de quiebre en su carrera. Murales realizados en India y en Bogotá definieron nuevas escalas y reafirmaron su compromiso con la autogestión. “La última fue por la ubicación del muro, por ser autogestionada y por ser en Bogotá, que para mí es la ciudad más pintada de Latinoamérica”, explicó.
La efimeridad del arte urbano es, para él, una de sus mayores virtudes. La obra existe en un tiempo limitado y se completa en el encuentro con quien la observa. “El carácter efímero de la obra hace que se aprecie más el instante”, reflexionó.
Trabajar en la calle implica asumir desafíos constantes. El clima, los tiempos acotados y las condiciones materiales pueden alterar cualquier planificación. Frente a esas limitaciones, el artista adopta una lógica inspirada en el aikido: utilizar el obstáculo como impulso creativo. “Uso esas limitaciones como inspiración para desarrollar la idea en cierta dirección”, sostuvo.
Mural realizado en Stornara, Italia, que propone cambiar la mirada sobre el miedo y los pensamientos intrusivos, entendiendo al arte urbano como una herramienta de sanación y transformación personal.
En cuanto a la difusión de su obra, reconoce el papel fundamental de las redes sociales como herramienta para amplificar el alcance del Street Art contemporáneo, sin que eso reemplace la experiencia directa del mural en el espacio urbano.
El camino recorrido dejó múltiples aprendizajes, difíciles de condensar en pocas palabras. Para aquellos que quieren iniciarse en el arte urbano, Alaniz es claro: trabajo constante, compromiso con la obra y confianza en la autogestión como motor principal. “Que no se deje limitar por la falta de oportunidades oficiales, la autogestión es una herramienta poderosa”, afirmó.
Todo ese posicionamiento se sintetiza en el concepto con el que define su práctica y el movimiento que impulsa. “Muralismo salvaje”, declaró. Una forma de entender el muralismo basada en la libertad absoluta. Pintar lo que quiera, donde quiera y para quien quiera, sin condicionamientos comerciales, ideológicos ni logísticos, dándole prioridad a la libertad creativa del artista.
Mural ubicado en Casalvecchio, Italia, inspirado en la figura del héroe albanés Skanderbeg, que reflexiona sobre la construcción de mitos como impulso colectivo para superar límites humanos.
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