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ARTE URBANO

Lidia Gómez junto a una de sus obras.
Para Lidia Gómez, el arte no siempre necesita un marco o un museo cerrado. Su incursión en el arte efímero, que incluye dibujos gigantes en la arena y esculturas de agua, responde a una conexión espiritual con el entorno de San Antonio Oeste, Río Negro. Aunque la marea borre sus trazos, la tecnología se encarga de que el impacto permanezca en la memoria colectiva a través de la fotografía y el video.
"Mi obra es algo versátil que te emociona para siempre", define. Esta práctica funciona como una ofrenda a la naturaleza donde el desapego es parte del proceso creativo. Ella prioriza la vivencia y el mensaje ecológico por sobre la comercialización del objeto artístico tradicional.
Uno de los hitos más recientes en su carrera es la nominación de su mural "Polen del Futuro" al ranking mundial de la plataforma Street Art Cities. La obra muestra a una abeja con una máscara antigás, lo que representa una crítica directa al uso de los agroquímicos. En julio del año pasado, esta pieza logró posicionarse entre las 10 mejores del planeta.
"Esa obra marcó un antes y un después por su repercusión significativa", afirma Lidia sobre el reconocimiento. Para ella, el muralismo es un lenguaje complejo que narra historias y requiere una planificación técnica que va mucho más allá de un simple dibujo en la pared.
"Polen del Futuro".
La artista pintaba cuadros pequeños hasta que un gestor cultural del Museo de Aquitania en Burdeos descubrió su trabajo en las redes sociales. Este encuentro cambió su perspectiva de la escala. El desafío de pintar los barcos pesqueros en formatos monumentales la empujó a salir del taller y conquistar la vía pública.
"El gran formato impacta al espectador porque la obra es gigante", explica la autora sobre su transición al muralismo. Esta etapa le permitió realizar residencias artísticas en Europa y sumarse al Movimiento Internacional de Muralistas Italo-Graci, lo cual conectó su identidad patagónica con los circuitos internacionales.

Crear desde el territorio y dialogar con el mundo.
El hecho de ser versátil la llevó a crear la Virgen Stella Maris, una escultura de casi una tonelada que descansa en el fondo del mar en Las Grutas. El desafío técnico fue extremo, ya que utilizó cemento de pH neutro para no dañar el ecosistema marino y diseñó una estructura capaz de resistir las mareas patagónicas más violentas.
"Me consagré como escultora el día que pasó la primera tormenta y la obra siguió ahí", recuerda con orgullo. Esta pieza no solo es un icono religioso, sino un arrecife artificial que interactúa con la fauna local, lo que logra fusionar el arte con la biología.
Lidia defiende una visión de la profesión como un trabajo multifacético. En un entorno con escasez de materiales, ella aprendió a ser su propia gestora cultural y a dominar herramientas que van desde la motosierra hasta el software de edición. Su formación técnica le otorga una mirada pragmática sobre la producción de la obra.
"Los artistas somos un poco científicos, electricistas y albañiles", sostiene para describir la complejidad de su oficio. Para ella, el arte urbano en Latinoamérica hoy se equipara con el resto del mundo gracias a esta capacidad de adaptación y a una identidad visual muy marcada por el paisaje del sur.
La tecnología no es un accesorio, sino una herramienta central en su labor diaria. Sus dibujos de Lionel Messi y el Papa Francisco durante el Mundial de Qatar se volvieron virales y transformó sus intervenciones en la playa en un clásico esperado por la comunidad digital.
"Las redes influyen y a veces direccionan todo el trabajo artístico", reflexiona sobre la visibilidad que ofrecen las pantallas. Lidia entiende que el impacto hoy es doble, se busca emocionar al vecino que camina por la calle y al espectador que observa desde un celular en cualquier parte del mundo.
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