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El top definitivo de las picadas porteñas

En esta hoja de ruta, descubrimos los rincones secretos y las nuevas aperturas que transforman el clásico copetín en una experiencia gourmet.

Portada de El top definitivo de las picadas porteñas
La excusa predilecta para celebrar el sabor local.
Autor

Agustin Dominguez Prieto

10/09/2026

3 min

La picada es uno de los núcleos de la identidad gastronómica de Buenos Aires. Un híbrido cultural de tradiciones del antipasto italiano y tapas españolas. Lejos de ser un simple aperitivo, este plato se transformó en un fenómeno social que vertebra reuniones familiares y charlas de café en los barrios porteños. Desde los bares notables que conservan recetas de principios del siglo XX hasta las nuevas salumerías de especialidad, la ciudad cuenta con un abanico de opciones donde los quesos artesanales, los chacinados de autor y los encurtidos caseros son los protagonistas de la mesa.

Tradición y mística en los bares notables

El circuito de los cafés históricos mantiene viva la esencia del "copetín" clásico. En San Nicolás, el Bar La Academia destaca por su operatividad de 24 horas. Tiene una tabla que incluye queso sardo, longaniza y mortadela, además de una robusta opción vegetariana compuesta por buñuelos de acelga y milanesas de berenjena.

Por su parte, el Celta Bar apuesta por la Picada de campo, una propuesta lineal y efectiva con bondiola serrana, fuet y morcilla.

En el barrio de Palermo, el bar Cortázar aporta un giro creativo con su Picada Deshoras, la cual integra ravioles fritos y lomito embuchado de producción propia.

Finalmente, el Café de García en Villa Devoto eleva la experiencia a un ritual de tres pasos que incluye platos calientes como albóndigas y rabas.

La fachada de Café de García.

La nueva era de la charcutería

La modernización del ritual dio lugar a espacios donde la técnica es la prioridad. Corte Charcutería, ubicado en Belgrano, es un referente de alta gama bajo la curaduría de César Sagario. Allí, sirven piezas exclusivas como bresaola de Wagyu, finocchiona y morcilla asturiana.

En una línea similar, Buche Salumería en Devoto funciona como una vitrina de productores locales, donde arman tablas personalizadas con trucha curada y quesos de autor que se maridan con una selección de amaro y negronis.

Abreboca, en el barrio de Chacarita, reinterpreta la cocina criolla mediante una cava de embutidos propia, donde destacan raciones singulares como el leberwurst con ají vinagre y la salchicha de cordero.

Para quienes buscan una impronta puramente europea, Pasillito traslada el concepto del tardeo madrileño a Palermo con porciones de bresaola y quesos de Ventimiglia, mientras que Biasatti en Colegiales se especializa en el ADN italiano con mozzarella fiordilatte y pecorino.

El encanto del barrio

En la esquina de Fernández de Enciso, el local Copetín rinde homenaje a la geografía de su barrio a través de sus combinaciones. Sus tablas, denominadas según las calles circundantes, presentan desde polpettas de fainá y tomatitos confitados hasta el nostálgico vitel toné y berenjenas en escabeche. Es un espacio que prioriza la generosidad del plato y la atmósfera vecinal. Consolida a Villa Devoto como uno de los polos estratégicos para disfrutar de esta tradición.

Así sirven en Copetín [Imagen], por Constanza Niscovolos.

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